Una década después de un despreocupado viaje de mochilero por Laos, el escritor Chris Schalkx regresa con su hijo de cinco años para encontrar un país silenciosamente transformado. Las pensiones destartaladas y los bares humeantes de Luang Prabang han dado paso a lujosos lodges boutique y cafeterías modernas, pero el espíritu amable del país permanece notablemente intacto. Las ceremonias matutinas de limosnas aún serpentean por la ciudad Patrimonio de la Humanidad al amanecer, con monjes de túnicas azafrán recogiendo arroz pegajoso de los residentes arrodillados, como lo han hecho durante siglos. El río Mekong sigue dominando el paisaje, pero ahora las familias pueden explorarlo desde cómodos barcos lentos. Laos se revela como uno de los destinos más gratificantes del sudeste asiático para familias: sin prisas, asequible y con una tranquilidad que pocos países vecinos pueden igualar.