Una semana en Escocia con un niño de cuatro años y un presupuesto muy ajustado se convirtió en uno de los viajes más memorables que el corresponsal de The Guardian haya realizado jamás — prueba de que los niños poseen un don especial para transformar experiencias modestas en extraordinarias. El viaje incluyó las ruinas del castillo de Urquhart del siglo XIII a orillas del lago Ness, donde el más pequeño de la familia anunció triunfalmente un avistamiento de Nessie (en realidad era un barco), y la meseta sobrenatural de los Cairngorms, uno de los paisajes más altos y salvajes de Gran Bretaña. Durmieron en un bothy — un austero refugio de piedra sin electricidad ni agua corriente — en la isla de Skye, cocinando en un hornillo de camping mientras la lluvia tamborileaba en el tejado. Un viaje que demuestra que Escocia no necesita lodges caros ni guías privados para asombrar; solo pide que llegues dispuesto a sorprenderte con un paisaje que lleva millones de años practicando el arte de la grandiosidad.